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El cisma ya ha asomado en Egipto, ¿ahora quién lo extingue?

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egipto

En mi artículo semanal publicado ayer y escrito antes de que el presidente se reuniera con los miembros de la Asamblea Constituyente y les dirigiera un discurso tras recibir una copia registrada del proyecto de la Constitución, suplicaba al señor Mursi que fuese con cautela, que meditase y calculase bien sus pasos para que el país no se deslizase hacia el camino del arrepentimiento. Le propuse a su señoría la formación de un consejo de sabios encargado de proponer salidas a la actual crisis en un periodo de menos de dos semanas antes de refrendar la Constitución porque estaba seguro de que la cosa era remediable. Llegué a rechazar la demanda de anulación del decreto constitucional como condición previa a la negociación sobre una posible salida de la crisis. Propuse superar el decreto con un acuerdo sobre un programa de gestión de lo que queda de etapa de transición hasta las próximas legislativas.

Pero la espada se adelantó al arrepentimiento y las cosas fueron en otra dirección: el presidente del Estado anunció que el proyecto de la Constitución (no consensuado) va a ser sometido a referéndum el próximo 15 de diciembre. Y, aunque es cierto que en su discurso ante los miembros de la Asamblea Constituyente dijo que aspiraba a «dialogar» con las fuerzas de la oposición, ni fijó un mecanismo aceptable para el diálogo ni propuso una agenda de trabajo. Además tampoco dejó claro, por ejemplo, si el diálogo del que habla se limitaría al tema del decreto constitucional rechazado por la oposición o englobaría los artículos del proyecto de Constitución que son fuente de discrepancia, o si abordaría cómo gestionar lo que queda de etapa de transición incluida la formación del gobierno que tiene la responsabilidad de gestionar el país durante la celebración del referéndum y de las próximas elecciones parlamentarias.

Lo que está sucediendo en la arena política egipcia, sobre todo tras la manifestación del sábado, no indica, a mi parecer, que el presidente electo del Estado tenga la intención real de permitir que las instituciones del sistema político egipcio completen la etapa posrevolucionaria a través de un acuerdo nacional, porque el grupo de los Hermanos Musulmanes, al que pertenece el presidente, insiste en controlar todas las instituciones y articulaciones del régimen. El grupo quiere, aprovechando que el presidente es de los suyos, imponer una Constitución a su medida y no a la medida de la sociedad egipcia con toda su variedad, y garantizarse, a través del control de todos los medios económicos y simbólicos, apoyado por sus aliados de la misma corriente ideológica, una gran mayoría en las próximas elecciones parlamentarias aunque el precio sea la paralización del poder judicial y que este no pueda ejercer su papel de control sobre la labor de los poderes ejecutivo y legislativo. Así, quedaría despejado el camino para que los Hermanos Musulmanes puedan reformular todas las instituciones del Estado y la sociedad egipcia de acuerdo a su visión y a sus intereses políticos e ideológicos. Esto nos adentra en una zona resbaladiza muy peligrosa que puede llevar, de forma irrevocable, al cisma del país lo que facilitaría la misión de todos los que desde dentro pretenden que vuelva el antiguo régimen y de todos los que, desde fuera, quieren que Egipto sea un país débil y subordinado.

Sí, el cisma ya ha asomado la cabeza y culpabilizo al movimiento de los Hermanos Musulmanes de haber hecho prender la chispa, ya sea de forma malintencionada ya por haber hecho una mala lectura del mapa político en los contextos locales, regionales e internacionales. Por eso suplico a todos aquellos que puedan participar en la extinción del fuego del cisma, a las personas juiciosas que haya dentro del grupo y a quienes no pertenezcan a él, que se movilicen de inmediato para apagarlo ahora que está empezando antes de que se vuelva incontrolable.

 

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