Publicado originalmente en Afkar/Ideas, nº46, verano 2015

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Mientras Riad sufre los efectos de la expansión del Estado Islámico y su posición cada vez es más frágil, Teherán se torna indispensable para Estados Unidos y su alianza internacional.

La oposición saudí a la invasión estadounidense de Irak no era baladí. El Irak de Saddam Hussein de 2003 no solo no era un peligro para la seguridad árabe sino que seguía sirviendo de muro de contención para las ansias expansionistas de la revolución islámica iraní. La mal planificada ocupación estadounidense desencadenó un caos en el país que ha terminado extendiéndose a sus vecinos árabes. Mientras, la habilidad de Irán para sacar provecho de la situación es solo comparable a la de los grupos radicales como Al Qaeda o Daesh. Por su parte la lentitud y falta de decisión de la política exterior saudí le ha impedido desempeñar un papel decisivo para defender sus intereses, perdiendo cualquier capacidad de influencia en el Irak actual.

Desde un principio la situación saudí en el Irak ocupado ha sido muy incómoda. Tradicional aliado en la zona de la potencia ocupante, observaba, sin ser escuchado, cómo se iba desmantelando el país, empezando por la disolución del partido Baaz y de las fuerzas de seguridad mediante las conocidas órdenes 1 y 2 de Paul Bremer nada más ponerse al frente de la Oficina de Ocupación y Reconstrucción. Al mismo tiempo, partidos políticos proiraníes, como el Consejo Supremo para la Revolución Islámica de Irak o Al Dawa iban cooptando la nueva escena política en Bagdad. Dos elementos favorecieron desde un principio que la ayuda iraní fuese indispensable para gestionar el Irak ocupado: por una parte el sistema de cuotas de poder basadas en principios etno-sectarios impuesto por la ocupación y, por otra, la necesidad de construir desde cero las nuevas fuerzas de seguridad iraquíes.

Al imponer un sistema de cuotas desde el primer órgano de gobierno de la transición, el Consejo de Gobierno iraquí, la ocupación facilitó el control de la mayoría parlamentaria de Irak por partidos próximos a Irán que se autoproclamaban los representantes de la mayoría chií del país. Esta instrumentalización confesional de la política se ha apoyado desde las instituciones religiosas chiíes, aunque el máximo referente iraquí chií, el ayatolá Ali Sistani, ha ido rebajando su apoyo público a estos partidos según iba creciendo su descrédito por su corrupción e incapacidad de gestionar los problemas reales de los iraquíes. La exacerbación del discurso sectario ha venido impuesta desde las élites políticas de forma sistemática para mantener cautiva por medio del miedo a una población chií descontenta con sus gobernantes, pero atemorizada primero ante la aparición de Al Qaeda y más recientemente la extensión de Daesh…

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