Una nueva generación que no vivió la represión de la dictadura de Ben Ali es la que está protagonizando las protestas en Túnez y ello implica una forma y unos métodos de protesta muy diferentes.

Túnez entró en el año 2021 sumido en una grave crisis desatada por la pandemia mundial del COVID-19 que ha dejado en el país la cifra de 10.000 muertos, y una campaña de vacunación que no deja de ser confusa y que ha repercutido de forma muy negativa en la economía, desencadenando una gran crisis financiera. Pero el país también se ve sumido en una gran crisis política por el violento conflicto entre las tres cabezas de la autoridad: el presidente del Parlamento, el primer ministro y el presidente de la República, a lo que sumar una crisis social que estalló a raíz de las protestas y se expandió hacia las provincias fuera de la capital provocando la detención de más de 1.600 personas y la muerte de un joven en la ciudad de Sbeitla al ser alcanzado por un bote de gas lacrimógeno.

En unas declaraciones, el portavoz oficial del Foro Económico para los Derechos Económicos y Sociales, Ramadán Ben Omar afirmó que ha habido 1801 protestas más durante el primer trimestre de este año que durante el mismo periodo del año 2020 con un total de 3865 movilizaciones en los primeros tres meses de 2021. Desde el 14 de enero de 2011 Túnez sigue una nueva tradición: la reanudación de las protestas el primer mes del año por lo que las autoridades políticas se preparan cada enero. No obstante, en lo que va de año han estallado manifestaciones a gran escala debido a su número y a su repercusión.

Las primeras manifestaciones, que se produjeron en enero y estuvieron protagonizadas por jóvenes de los barrios del oeste de la capital, continuaron durante varios días derivando en enfrentamientos violentos en los que la policía utilizó gases lacrimógenos. Estas protestas se extendieron rápidamente a las gobernaciones de Susa, Kasrein, Bizerta y Siliana, obligando al ejército a intervenir para proteger instalaciones públicas.

Las protestas fueron testigo de una represión sin precedentes por parte de las fuerzas policiales: fueron arrestadas más de 1.600 personas y la Liga Tunecina para la Defensa de los Derechos Humanos documentó «graves violaciones», que incluían “torturas, hostigamiento, golpes, y abusos contra los detenidos entre los que había un gran número de menores”.

Un informe de la Liga Tunecina para la Defensa de los Derechos Humanos, expone el caso de Yusef, un joven de 22 años que fue detenido y puesto en libertad días después y que se ha negado a ser entrevistado por miedo a represalias de la policía. En el documento se relatan los insultos y abusos a las que fueron sometidos él y sus compañeros, entre los que se encuentra también Ahmed, de 21 años, que perdió su testículo izquierdo como resultado de tortura severa a la que fue sometido durante su arresto por participar en las protestas.

En estas protestas, el lema de “El pueblo pide la caída del régimen” junto con otras consignas que piden la dimisión del gobierno, la convocatoria de elecciones anticipadas y el respeto a las libertades individuales, son un reflejo del rechazo al sistema imperante.

Cabe destacar que se trata de manifestaciones espontáneas y sin organización previa, protagonizadas por una generación que no vivió el régimen de Ben Ali, y que no conoció su dura represión de las libertades, es decir, es la generación de la transición a la democracia. Esta generación ha cambiado por completo la manera en la se manifiesta, organizándose por ejemplo desde el hashtag #LaGeneraciónEquivocada en torno al que se han creado varios grupos en las redes sociales. Ese hashtag que ha dado nombre a las protestas pone de manifiesto el rechazo de esta generación a todas las formas tradicionales de organizarse, ya sea a través de partidos políticos o de organizaciones y asociaciones.

El periodista y analista político Mohammed Yusfi afirma que “El Estado tunecino no puede asimilar a las nuevas generaciones ni responder a sus demandas con la mentalidad actual. Hemos visto la frivolidad política con la que se ha gestionado la crisis y que ha llevado  a la situación actual”. Es posible que las autoridades políticas tunecinas hayan conseguido frenar esta ola de movimientos mediante la adopción de la represión por la fuerza, las detenciones y el miedo como herramienta de relacionase con los manifestantes, pero esto alimentará una mayor ola de protestas que puede derivar en una explosión social mucho más peligrosa, sobre todo en el contexto de las repercusiones de la crisis del COVID-19 que ha supuesto la pérdida de miles de puestos de trabajo disparando las cifras del paro hasta un 17,4% frente al 15,3% previo a la pandemia.

Según el Instituto Nacional de Estadística, no hay ningún bando político capaz de contener a la nueva generación y entender sus necesidades y reivindicaciones por dos motivos: en primer lugar por las grandes diferencias con respecto a las proyecciones del futuro de Túnez, ya  que la nueva generación desea un país democrático que se construya sobre la reparación antes que la reconciliación, que la lucha contra la corrupción sea una realidad y no un lema, y que se trabaje por un proyecto estratégico de desarrollo que alcance el ritmo del desarrollo global y en el que se practique la justicia social y económica. Y en segundo lugar por el rechazo de los jóvenes a todo lo que es la política institucionalizada en su país, lo que es considerado un dilema por el activista Mohamed Barhoumi para quien la única manera de limpiar la basura de la política institucional es exigir responsabilidad real a los miembros corruptos de la clase política, y solo así los jóvenes recuperarán la esperanza.

Abdslem Herchi, 24.04.2021, Carnegie Endowment for International Peace

Traducido por: Ibrahim Rifi. 11.06.2021

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