Poster de la Unión General de Mujeres Palestinas. Diseño de Abderrahman Al Muzain.

 

Carolina Bracco

La militancia femenina en los países árabes, así como el lugar de la mujer en la vida pública, se vio desde el comienzo íntimamente ligada a la lucha por la liberación nacional. El 16 de marzo de 1919 las egipcias participaron de la primera manifestación en reclamo por el fin de la ocupación británica y la independencia nacional. Ese mismo año, en Jerusalén, se celebró el primer Congreso de Mujeres Palestinas, que reunió a participantes de todo el país con el fin de debatir la situación nacional y movilizarse a través de diversas organizaciones que se crearon de allí en más.

En este siglo que transcurre entre aquella lejana década del veinte del 1900 y la actualidad, la denominada “cuestión de la mujer” transitó un recorrido cuya narrativa nacionalista revela debates más amplios sobre la construcción identitaria en un territorio heterogéneo atravesado por múltiples procesos de conquista y colonización. Los nacionalistas árabes imaginaron a la patria como una mujer y a la nación como una familia donde la mujer-madre es la guardiana de la identidad nacional. Así, “la cuestión de la mujer” en los países árabes está enredada en un debate identitario que soslaya su arista política y por lo tanto limita la posibilidad de cuestionar las condiciones reales de sus derechos.

En un primer momento, la identificación del status de la mujer con el atraso de los países dio lugar a un proyecto modernizador que las relegó al nuevo espacio doméstico y al rol de educadoras de los nuevos ciudadanos. La ubicación dentro de este espacio en el que se mantuvo su inferioridad en materia de derechos dificultó desde el comienzo su disputa por el acceso al espacio público. Sin embargo, un ferviente movimiento feminista surgió de los estratos más altos de la sociedad y las árabes de los diferentes países crearon una verdadera cultura política propia. Con sus innegables logros, esta impronta no supo ser masiva y permaneció ligada a los intereses de las mujeres de las clases altas, alejados en muchos casos de las mayorías campesinas. Este es uno de los motivos por los que, hasta hoy, el feminismo es percibido como un proyecto colonial del que siempre se sospecha.

La llegada de las independencias a mediados de siglo XX y la reconfiguración del espacio público dieron lugar a nuevas subjetividades de género. El acaparamiento por parte de las estructuras burocrático-militares de las iniciativas previas, así como la cooptación, el patronazgo y la represión de las feministas paralizó casi por completo a los movimientos de mujeres. Sin embargo, luego de un período de silenciamiento y persecución, surgieron nuevas organizaciones, estrategias y formas de vincularse que se hicieron presentes en las rebeliones que dieron forma a la llamada “Primavera árabe” iniciada en Túnez en diciembre 2010 y que dio una bocanada de aire, aunque breve, a los movimientos sociales y políticos en la región.

Una nueva generación de feministas jóvenes recuperó así la tradición regionalista del feminismo árabe, que ya en 1938 había tenido su primera conferencia en El Cairo y cuya agenda giró en torno a dos cuestiones principales: la conquista de derechos políticos y la preocupación por la situación en Palestina. En ese entonces, como ahora, las feministas árabes tejieron lazos de solidaridad, abrazaron la causa por la liberación de sus pueblos y se vieron unidas en una lucha universal por la emancipación femenina.

Actualmente, el panorama no es muy favorable para las militantes árabes. En toda la región los intereses foráneos en complicidad con poderes locales configuran un escenario donde la violencia de género y la persecución a las voces disidentes están a la orden del día. Por ello, urge conocer la historia de las luchas de las mujeres árabes, establecer diálogos y redes de solidaridad entre los feminismos de nuestras regiones por fuera de las lecturas sesgadas y los intereses imperiales. Sólo hay que, “Querer y atreverse”, como decía la feminista egipcia Doria Shafik, “nunca dudar en actuar cuando el sentimiento de injusticia nos rebela. Dar la medida con toda la buena fe, el resto seguirá como consecuencia lógica”.

Carolina Bracco es doctora en Culturas Árabe y Hebrea. Profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

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