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El aplazamiento de la suerte de Al Asad aplaza el fin del conflicto

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Ibn al Balad

Los rusos y estadounidenses no necesitan ayuda para entender que cualquier solución política real al conflicto en Siria no tendrá lugar si Bashar al Asad sigue en su puesto o si la transición política se reduce a un «gobierno» bajo su mandato. Si suponen que necesitan a Bashar «temporalmente» para poner en marcha una transición política, están siendo ingenuos por creer que les ayudaría en una operación cuyo objetivo él conoce con antelación: alejarle del poder; y si creen que Bashar aceptaría una «declaración constitucional» que le dejaría sin sus poderes esenciales, estarían siendo ingenuos otra vez. Bashar no aceptaría un presidente de «gobierno» de entre las personas que actualmente están siendo «domadas» y preparadas, pero podría aceptarlo si es elegido por Moscú y es convencido, junto con sus ministros, de seguir el juego del protocolo, desde el juramento ante el presidente hasta otros rituales. Todas estas suposiciones, formar parte de las cuales no favorece a la oposición, solo serían un acontecimiento “para la foto” porque, en realidad, la shibiha de Al Asad serían los verdaderos ministros.

Hay hechos que refutan las mentiras de la llamada «operación de transición política», como se observa en el enfoque discreto de las conversaciones ruso-estadounidenses, o el enfoque público en las negociaciones de Ginebra que aún no han comenzado. Entre estas verdades encontramos por ejemplo, que la retirada parcial rusa se presentó en los medios de comunicación como un «cambio» sustancial en la posición de Moscú. Se dijo que Rusia utilizó la tregua de «cese de hostilidades» para frenar el rastreo militar (el plan de Irán y Al Asad) y promover una solución política. A pesar de ello, Moscú continuó negando las violaciones de la tregua por parte del régimen, incluso tras cometer una masacre contra los civiles como la de Dair al Asafir, lo que no es un preámbulo a una solución pacífica. La recuperación de la ciudad de Palmira por parte de las milicias iraníes al igual que su caída, fue una «actuación teatral» cuyo objetivo era llevar la brújula de la crisis a la casilla de «el terrorismo primero» (con los bombardeos de Bruselas de fondo) y no las «negociaciones con Ginebra en paralelo a poner fin al terrorismo». Y como prueba de ello Bashar inició la explotación del tema Palmira, y le dijo a Rusia, a través de sus medios de comunicación, que debía seguir sus propios consejos.

Entre esas verdades encontramos también la continuidad de la manipulación ruso-estadounidense, usando la carta de «la suerte de Al Asad» ya que cuando Vladimir Putin decidió iniciar las negociaciones, no encontró la misma disposición en el bando estadounidense, sobre todo porque usó la resistencia iraní para aumentar el precio del trato. Cuando Sergei Ryabkov afirmó que John Kerry había abandonado Moscú siendo más comprensivo con la postura rusa de no tratar la «suerte de Al Asad» en  las negociaciones, los estadounidenses  ni lo afirmaron ni lo negaron. Cuando el diario Al Hayat afirmó que los rusos y los estadounidenses se habían puesto de acuerdo sobre «la retirada de Al Asad a un tercer país», ambos se apresuraron en negarlo. Parece ser que cuanto más se habla de la controversia o acuerdo sobre su destino, menos amenazado se siente Bashar, especialmente si los iraníes siguen estando excluidos de la negociación ruso-estadounidense, y aprovecha esta controversia para volver a presentar su régimen como ya lo describiera Moscú: como «la única fuerza capaz de golpear el terrorismo» y de presentar una solución que no implique una transición política.

Lo cierto es que los rusos, en los seis meses de intervención directa, consiguieron lo que refleja su definición mediática del régimen, pero sus «intereses» les impidieron mostrar a lo que llegaron sobre el terreno porque sin la ayuda de los iraníes, el régimen no habría tenido un poder combatiente. La respuesta de Moscú a Al Asad cuando habló de recuperar el control total de la zona, estaba basada en lo que vivieron de cerca. Los oficiales rusos comunicaron su sorpresa a sus homólogos sirios por la situación en la que estaba el ejército, ya sea con respecto al comportamiento de sus líderes, del combate, su capacidad y eficiencia, así como de la discriminación caótica que prevalece en los distintos sectores.

Las polarizaciones que ha generado el conflicto de estos últimos años demuestra finalmente diferencias entre el «ejército ruso» (cuya moral aumentó a la par que aumentaba el desprecio por los iraníes que les trataban con superioridad) y el ejército iraní, más unido al estrecho círculo del régimen y menos confiado con las intenciones rusas. En paralelo a aquello, Rusia convocó a personas de distintos grupos religiosos y clases sociales a la base Humaimin, entre ellos responsables gubernamentales, para estudiar conjuntamente los detalles de una solución política. Esta decisión no agradó a los círculos del régimen ni a los iraníes, por lo que algunos de los convocados recibieron amenazas.

Rusia descubrió algunas realidades que le hicieron no seguir adelante con su intervención, y la más importante de esas realidades es la existencia de un socio o dos que querían que Moscú jugara su juego, aunque ello implicara su involucración. Moscú se sorprendió al darse cuenta de que el «Estado» y las «instituciones», cuya protección había justificado ante el mundo, estaban en un estado devastado. Esto no significa que Putin se haya convencido de que la apuesta por Al Asad sea ineficaz, pero ha descubierto los peligros de depender de una solución militar, y por eso ahora le interesa encontrar una solución para poner fin al conflicto político. En ambos casos se encuentra con el mismo problema: la suerte de Al Asad. Este tanto Putin no se lo va a apuntar de forma gratuita, y a pesar de tener en la mano los hilos de la crisis, parece que no puede solucionar un dilema que él mismo contribuyó a complicar con la ayuda de Estados Unidos. Tal vez, en el peor de los casos no consiga garantizar el éxito de ninguna operación política, ya que no puede garantizar los movimientos de  Al Asad, al que la presencia de los iraníes ayuda a resistir la presión rusa. Por ello en las próximas negociaciones de Ginebra para una solución política como la voluntad internacional no es eficaz, algunas partes árabes y europeas han decidido  posponer la crisis a la espera de una nueva administración estadounidense.

Si los rusos carecían de pruebas sobre la imposibilidad de llegar a una solución política con Bashar, solo tenían que ver las causas que llevaron a los líderes alauíes a publicar el «documento de reforma identitaria» sin identificar sus nombres. Esos líderes ya no temen a la oposición (moderada o no moderada), como tampoco temen a un régimen del cual se están desentendiendo a la vez que aspiran estar en una «nueva era de unión» en la que convivan en un futuro, conjuntamente, con todos los ciudadanos. En el artículo 24 del documento dicen que los alauíes «absuelven a la «sunna siria» por todos los actos cometidos en su contra como la persecución, la agresión o la alienación. Todo lo ocurrido, ya sea mental o físicamente, o trajeron los extraños que pasaban por tierras sirias, invasores y codiciosos».

Nadie entiende la «sunna siria» como la definen los «alauíes sirios» en este documento, pues hay un hilo nacional y de igualdad religiosa que les une a los cristianos, los drusos y a las demás religiones. Esto es lo que da al pueblo sirio la singularidad de la tolerancia de Oriente, y el régimen utilizó el pacifismo de este pueblo para someterlo. A diferencia de otros documentos de las organizaciones alauíes emitidos en los años de crisis, este escrito, a pesar de su tardía aparición, resulta ser el más completo en la explicación de la referencia religiosa y el más profundo en su enfoque sobre la problemática de la relación con los suníes. Lo más valiente ha sido, primero, que niega que los alauíes pertenezcan a la rama chií (distanciamiento de Irán). El segundo es el compromiso de los alauíes con los valores de la igualdad, libertad y ciudadanía, y su llamamiento al laicismo en el artículo 23: «al igual que la democracia, es una de las bases para el funcionamiento de estos valores, considerándola una separación funcional de la religión y no una separación radical o en su contra». Tercero, el documento reafirma su apego a la «unidad regional», siguiendo a sus ancestros, lo que implica un rechazo a la división en todas sus formas.

Como demuestra este documento, hay una diferencia entre la «autoridad de conciencia colectiva» de los alauíes y el extremismo del régimen. La solución ejemplar a la crisis habría funcionado si el régimen hubiera tenido conciencia, pero estaba perdido y lo sigue estando. No se puede recuperar contando con la ayuda de los rusos y los iraníes, ni con los Estados Unidos de Obama, ni Israel. Todos afirman (incluidas las Naciones Unidas) que la solución la tienen los propios sirios, lo cual es una verdad y también una mentira, porque los que gestionan la crisis apostaron por la brutalidad del régimen en vano y tratan de debilitar a la oposición, también en vano.

Traducción de Rania Chaui para Fundación Al Fanar 

Viñeta de Ibn al Balad

 

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