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Hani Abbás, premio Cartoon for Peace 2014

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Syria Untold 

Para él la vida es una revolución continua contra “todo lo que está mal” y las revoluciones mueren cuando “el que las hace espera que se le dé algo”. La revolución para él no termina porque “tenemos mucho que hacer en el futuro, sobre todo después de haber sido destruidas grandes partes del país y gran parte de nuestra humanidad. La construcción de la piedra termina pero la construcción del hombre es constante”.

Es el artista sirio-palestino, Hani Abbás (1977), hijo de un campamento de refugiados que vivió desde que nació a la espera de una revolución que se hizo esperar mucho, una revolución que le devolviera a esa Palestina que se distanció y cuya espera se hizo larga. Dibujar fue su única manera de hacer frente a esa espera, porque “sin quererlo, cuando dibujamos, dibujamos Palestina”, y eso es lo que hizo este artista cuando era niño en las paredes de su casa del campamento de Yarmuk donde “aprendí mucho del campamento y de Palestina. De la revolución y de la vida”, dijo en una entrevista concedida a nuestra página Syria Untold.

Como hijo de esa revolución palestina pospuesta, era muy consciente y estaba muy preparado cuando estalló la revuelta del pueblo sirio contra el tirano y dejó que sus pinturas fueran la mejor expresión de lo que vio y vivió: “Traté de hacer llegar la represión y la tortura a través del dibujo publicando en las redes sociales. Solo me importaba opinar dibujando. La revolución fue una verdadera prueba para nuestra humanidad y nuestra percepción de la realidad. En la revolución tienes que mantener tu ética y no caer en la trampa. Con el tiempo se hizo todo más complicado. Aferrarse a los buenos comienzos es tu bote salvavidas. Tienes que estar siempre con el ser oprimido”.

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A Hani Abbás, que siendo estudiante de secundaria se hizo con dos galardones internacionales concedidos por la ONU (a la que él considera “la patrocinadora oficial de nuestra diáspora”), sus amigos muertos ante él en el campamento de Yarmuk y las escenas de destrucción que presenció le obligaron a seguir dibujando para resistir a la muerte pese a haber abandonado Siria. Recuerda los momentos en los que dibujaba en el campamento al ritmo que marcaba la muerte: “mi presencia allí durante los bombardeos, la caza continua y la muerte de muchos amigos y vecinos me motivó mucho para seguir dibujando bajo las bombas. Dibujar allí tiene otro sabor porque puede que lo que estés dibujando sea tu último trabajo. Igual ni lo terminas. Los proyectiles caían ahí al lado. Salíamos a recoger los restos de seres humanos, de niños. Era como una pesadilla. Dibujos mezclados con sangre y lágrimas”.

Este artista, que dibujaba en los libros de texto del colegio que luego la escuela le hacía “pagar como multa cuando los entregaba a final de curso”, comenzó su viaje por el arte de la caricatura a los veinte años porque “había un montón de cosas en mi interior que solo podía expresar con caricaturas” a las que considera “un arte difícil y preciso, un arte del que hay que rendir cuentas a nivel técnico, intelectual y político. Un campo minado sobre una hoja en blanco. Solo me daba miedo la censura de la gente”.

Pese a pertenecer al mundo de la caricatura como arte de expresión, siguió en el ámbito del dibujo tradicional hasta que estallaron las revueltas en el mundo árabe “que se reflejaron en la forma y el contenido de las caricaturas. Nos habíamos descuidado mucho. Estábamos combatiendo con nuestros lápices a un enemigo conocido, sin prestarnos atención a nosotros mismos, a los enemigos que habitan en nosotros. Y entonces me centré en el ser humano y desarrollé mis técnicas para llegar a una fórmula que armonizara con la idea profunda que siempre ando buscando”. Fue entonces cuando sus dibujos empezaron a dar forma a la voz propia del artista y sus caricaturas comenzaron a circular por las páginas de Facebook de los activistas porque hablaban de sus heridas y sus esperanzas, después de haber sufrido en sus comienzos “un periplo en busca de un lugar en el que poder publicar.”

En el currículo de Hani Abbás, colegiado en Bellas Artes en Siria en 1999, hay más de quince exposiciones individuales bajo el titulo “Shajabir Siyasa” y más de cinco exposiciones colectivas con artistas sirios y árabes. En 2003 se hizo con el primer puesto en un concurso de caricaturas políticas sobre Iraq en la categoría de artistas profesionales sirios.

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El artista, que desde sus comienzos se alineó con el ser humano y su derecho a la libertad de expresión, contra el asesinato, las detenciones y el silenciamiento porque “la libertad es la meta de cualquier pensamiento libre”, pese a haber abandonado el país sigue recordando muchas situaciones difíciles que vivió en el campamento: “como los momentos de los bombardeos, apoyándonos unos a otros en casa, escuchando el zumbido de los proyectiles, adivinando dónde caerían, pensando si lo harían sobre nuestras cabezas. Las escenas de las matanzas colectivas bajo las bombas y la destrucción, mi mejor amigo muerto como un mártir, el momento de dejar Siria, las escenas de los sirios en los campamentos de desplazados. Todo era motivo de tristeza, todo”.

Estas escenas son las que llevaron a este artista, licenciado en magisterio en Damasco (1999), a plantar cara a la tristeza y a la desesperación con una caricatura, a soñar con que su trabajo contribuirá a “un Estado sirio moderno en todo, sin injusticias, represión ni sangre, sin dictaduras ni fundamentalismos, sin dependencia de ninguna fuerza internacional”.

Siguiendo esa alineación inquebrantable con la justicia, en el segundo aniversario de la revuelta, concretamente el 15 de marzo 2013, escribió en su página Facebook: “Señores, llévense sus cuchillos y sus platos a sus cocinas porque la tarta que lleva cociendo en el horno dos años se ha quemado y ya solo quedan cenizas. Sólo las cenicientas de Siria podrán con esa ceniza en las que plantarán sus rosas para que vuelvan a florecer”.

Hani Abbás está en Facebook 

 

 

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