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Juan Goytisolo cierra los ojos en su ciudad más querida, Marrakech

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Yasín Adnán (escritor marroquí)
Al Arab, 05/06/2017

Muere a los 86 años el famoso escritor español, Juan Goytisolo, la mañana del domingo en su casa de la ciudad antigua de Marrakech. La Unión de Escritores de Marruecos lamentó su muerte y consideró que con ella el mundo perdió a un gran símbolo de la cultura, del pensamiento, de la creatividad y de la lucha por los derechos humanos mundiales; así como una de las voces internacionales defensoras del diálogo y la unión de civilizaciones y culturas. El escritor quiso ser enterrado en Marrakech —la ciudad en la que había vivido desde los años setenta del siglo pasado— pero su familia y la embajada española intentan trasladar su cadáver para enterrarlo en Barcelona, lo que desencadenará una polémica sobre el lugar de su entierro.
Ya se fue Juan Goytisolo, el marrakechí, el hijo de Yamaa El Fna. Lo vi por última vez en diciembre. Mi hermano Taha, el amigo Mohamed Ait Leemim y yo pasamos por el barrio Al Qanariya con la intención de visitarlo y ver cómo se encontraba tras la fractura que había sufrido en la cadera en su café favorito: el café France con vistas a la plaza de Yamaa El Fna, la plaza que lo asombró y cambió su modo de entender la literatura.
El hijo legítimo
Por suerte, nos lo encontramos fuera. Había salido de su casa antigua (situada en el camino de Sidi Bulfdail) para cambiar de aires, ver a la gente e intercambiar con ellos los buenos días. Estaba cansado, aun así fue cortés con nosotros. Pasó una mujer marrakechí y se apresuró a decirle «Juan, ¿qué haces por aquí? Hombre, tenemos que casarte ¿qué esperas para casarte?» Sus ojos se iluminaron. Le hizo gracia la travesura de la vecina, pero sonrió con dificultad. También respondía a nuestras preguntas con parquedad y luego se dejaba llevar por el horizonte.
La última vez que escribí sobre Juan fue cuando ganó el premio Cervantes hace dos años. Ese día recibió su premio de manos del rey de España, Felipe VI, y su esposa Letizia. Crecía la expectación ante la espera de ese día. Eran muchos los que temían que Juan afrentara al rey y al Ministerio de Cultura con su rechazo del premio más importante en el mundo de habla hispana.
Pero por fin decidió aceptarlo. Lo aceptó muy a su pesar. Es cierto que rechazó llevar el chaqué protocolario y prefirió acudir a la ceremonia con un traje simple y una corbata antigua. También es cierto que dio un discurso vehemente de diez minutos en el que criticó a Occidente, que según él se desentiende de las miserias de la emigración y de los lobbies que controlan la economía mundial. No obstante, acudió a la ceremonia para no faltar a su cita con su escritor preferido, Miguel de Cervantes (autor del Quijote). Juan no puede rechazar un premio que lleve el nombre de Cervantes y se considera a sí mismo un «hijo legítimo» del primer literato de España.
La relación de Juan con los premios llamaba siempre la atención de los críticos y de la prensa cultural española. Cuando el Ministerio de Cultura le concedió hace años el Premio Nacional de las Letras Españolas (dotado de 40 mil euros) se mostró indiferente ante ese alto reconocimiento literario y trató el tema con frialdad; en su momento declaró que ese reconocimiento lo hubiese alegrado hace treinta años. Y rechazó rotundamente el Premio Internacional Gadafi de Literatura.
El español hijo de Marrakech
Juan Goytisolo nació en Barcelona en 1931. La Guerra Civil española conmocionó su vida y marcó su infancia con unas heridas incurables: la más dura fue el bombardeo del cuerpo de su madre por los ataques aéreos del régimen del general Franco. A raíz de ello, empezó a criticar duramente todas las leyendas del nacionalismo español y sobre todo la extraña insistencia de la historia oficial de España en negar el papel esencial que desempeñaron los árabes y los musulmanes en la creación de la civilización española durante la Edad Media. Asimismo, consideraba que la expulsión de los moriscos de la Península Ibérica es un «capítulo negro» de la Historia de España.
El Juan joven se sentía asfixiado en su país. Por eso decidió emigrar a París, donde se instaló desde 1956 y empezó a convertirse gradualmente en una estrella de la cultura parisina. Su encuentro con Jean Genet marcó un momento crucial en su vida, puesto que encontró en él el prototipo del escritor al que aspiraba convertirse. Pronto se percató de que las luces de París empezaban a alejarlo de sus grandes aspiraciones de escribir una verdadera literatura para centrarse en la creación y no en la fama y la propaganda: una literatura sólida que trate los grandes temas, desenmascare la hipocresía occidental y se abra a una corriente humana profunda en la que se parodie la tendencia europea ingenua.
Precisamente por eso, Juan necesitaba una distancia considerable para iniciar su gran proyecto literario y cultural. Viajó primero a Tánger (en 1965) y en 1976 visitó Marrakech, ciudad que eligió desde ese momento como hogar propio. Marrakech se convirtió en su ciudad. Todos los días se dedicaba a la lectura y a la creación antes de salir por las tardes a la plaza de Yamaa El Fna para tomarse un café con sus amigos, que no son más que los cuentacuentos de la famosa plaza y algunos de los músicos de la «Gnaua» tradicional.
El café Matich era su preferido antes de cerrar y convertirse en bazar-locutorio. Juan entristeció mucho y se trasladó al café Satyam y luego al café France, pero murió anhelando todavía a Matich. En los cafés de Yamaa El Fna aprendió el dialecto marroquí. Desde esas sedes populares se declaró defensor de la cultura popular marroquí y su batalla más grande fue la de convencer a la Unesco para que clasifique la plaza de Yamaa El Fna como patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Logró su objetivo cuando la Unesco aceptó su solicitud oficialmente en 2002. Juan se convirtió en miembro de la Unión de Escritores de Marruecos y a partir de ahí empezó a presentarse ante el mundo como escritor marrakechí y a repetir en las entrevistas que él es «hijo de Yamaa El Fna». Por lo que no fue en vano que dijera ante el rey de España, mientras recibía el Premio Cervantes, que le honraba dedicárselo a los habitantes de la medina de Marrakech, quienes lo acogieron con toda bondad y dieron la bienvenida a su «incómoda» vejez.
Sin embargo, la sosegada y feliz estancia de Juan en Marrakech no impidió que se enfrentara a más de una batalla de diversos frentes. Su novela Don Julián desencadenó una gran polémica en España, ya que en ella desvela los mitos y las locuras del extremismo castizo español que niega la importancia del papel árabo-islámico en la construcción de la civilización española. En su libro Islam: realidad y leyenda volvió a defender la trascendencia del papel árabo-islámico en la historia de España y a criticar duramente los valores oficiales del catolicismo, sobre los que se asentó España en la época de Franco y que siguen imperando en el subconsciente español hasta el día de hoy.
Desacreditación del «yo» europeo
En su autobiografía, En los reinos de taifa, habló de su encuentro con la cultura árabo-islámica y el rol que desempeñó en la iluminación de su experiencia literaria. Su novela La cuarentena —o «Istmo»— fue una obra extraña compuesta por cuarenta capítulos, que hizo que los críticos españoles le dieran el nombre del nuevo Dante. Con esa novela, cuyo núcleo es la plaza de Yamaa El Fna, Juan desveló su profundo conocimiento del sufismo islámico.
Las virtudes del pájaro solitario es considerada una de sus novelas más complejas. Es imposible entenderla sin recurrir a Ibn Arabi o Ibn al-Farid. En cuanto a Las semanas del jardín, se trata de un collage de historias consecutivas de la vida marrakechí de Juan, a sabiendas de que la había escrito para reverenciar la novela picaresca, pero partiendo de un ambiente popular árabe.
Juan Goytisolo aún vivía en París cuando se acercó a la cuestión argelina y empezó a manifestar su condena a la ocupación francesa. Incluso se atrevió a encubrir a los luchadores argelinos en su piso de París. En 1968 conoció a algunos militantes del partido palestino Al Fatah y apoyó con sus escritos al conflicto palestino. En 1988 viajó a Palestina y escribió sobre la revolución de las piedras en calidad de «hombre interesado directamente por la lucha que lleva a cabo el pueblo para defender la tierra y la memoria contra la barbarie de la destrucción y las falsas leyendas». Viajó también a Sarajevo durante el genocidio étnico que practicaban los serbios contra sus habitantes y escribió para condenar la injusta guerra de Chechenia. En cada ocasión, mencionaba a Occidente en sus escritos y desacreditaba a ese «yo» europeo encerrado en sus mentiras.
Cuando terminé de leer Marrakech: secrets affichés (Marrakech: secretos anunciados), mi amigo Saad Sarhan y yo propusimos a Juan publicarlo. Entonces nos separamos de él. Como sabíamos que estaría ocupado, pensamos que habría olvidado el tema completamente y preferimos no molestarle, hasta que nos sorprendió él con una llamada. Cuando leímos la presentación del libro, nos intimidó con su generosidad. El hombre no ocultó su alegría de un libro que su ciudad roja se merece. Por eso insistió en darnos las gracias efusivamente y en felicitarnos con amor, como si él fuera el hijo de la ciudad roja y nosotros, dos foráneos que tuvieron la bondad de elogiar a su ciudad.
El cinco de mayo de 2015, después de que Juan haya recibido el premio Cervantes, me encontré con él en el café France mientras bebía su té tranquilamente y contemplaba la plaza. Le di la enhorabuena, cosa que no le interesó demasiado. La primera pregunta que me hizo fue «¿Leíste mi discurso ante el rey?». Le respondí «Claro que sí» y me preguntó «¿En qué lengua?» «En francés y en árabe» le respondí. Entonces empezó a preguntarme por la traducción árabe: «¿Fue acertada?». Así es Juan Goytisolo. Los detalles son lo importante para él y quizá su preocupación por que su discurso llegue al mundo árabe en general y a sus amigos de Marrakech, en particular. Los otros asuntos apenas le preocupan. La gloria literaria no le interesa. Le interesa la situación. Le interesa la palabra. Y le importa bastante que el eco de sus palabras llegue a las personas a las que ama.
Esta mañana nos abandonó Juan Goytisolo. Recuerdo que cuando viajó a Chechenia, para apoyar a sus habitantes durante la guerra, temía que le sucediera algún mal y pidió a sus amigos de aquí que lo enterraran en los cementerios de los musulmanes en Marrakech, si moría en la batalla. Tengo constancia de que el testimonio no fue solamente oral, sino también escrito. Por consiguiente, hay que buscar ese testimonio y publicarlo, sobre todo porque la embajada española ha entrado en el juego y se está difundiendo en la casa del fallecido la noticia de que el ataúd volará dirección Barcelona para ser enterrado allí. Que Dios tenga en su gloria a Juan Goytisolo: el primer escritor de Marrakech y su literato más famoso. Solo deseamos garantizar a ese hombre una tumba en su ciudad, donde eligió vivir y morir, en nuestra ciudad antigua, en la que expiró su último aliento.

Traducido del árabe por Eman Mhanna en el marco de un programa de colaboración de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada y la Fundación Al Fanar.

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1 Comentario

  1. Y su amor por Almería, la ciudad cuyos habitantes tienen la cultura y costumbres populares más árabes de toda Andalucía


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