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La intervención militar de Rusia en Siria, un baño de realidad

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Al Rojo Vivo_16_11_2015

Imagen por Alexey Druzhin RIA NOVOSTI/EPA

Pedro Rojo

Vice News, 16/11/2015

La intervención militar rusa en Siria ha sorprendido a una comunidad internacional acomodada en una política de drones. La calamitosa aventura estadounidense en Irak marcó el principio del fin de las intervenciones directas internacionales que vienen a confirmarse con los resultados desastrosos de la coalición occidental en Libia o la alianza liderada por Arabia Saudí en Yemen. La intervención militar rusa sobre el terreno es una sorpresa en relación a esta tendencia pero obedece a parámetros que no necesariamente tienen como objetivo una victoria militar en Siria.

¿Por qué ahora?

La apuesta rusa por el régimen sirio se asienta en una relación estratégica de décadas que tiene su principal símbolo en la base naval rusa de Tartus. Por lo tanto es lógico que desde el principio del conflicto Al-Assad haya contado con el apoyo político ruso, cuyo detalle más determinante ha sido el veto sistemático de Rusia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra cualquier resolución que reprobase la actuación de Damasco.

Pero también ha fluido una importante ayuda logística y militar que ha implicado un importante desembolso económico para unas arcas rusas lastradas por la bajada del precio de los carburantes y las sanciones internacionales. En los meses previos al despliegue ruso el régimen de Al-Assad estaba dando algunas muestras de debilitamiento.

Con varias derrotas militares a manos de los rebeldes que si bien no han sido estratégicas si pusieron en manifiesto el cansancio militar del ejército sirio y sus aliados de Hezbollah y las milicias iraníes poniendo en duda la capacidad de mantener lo que los iraníes llaman la “Siria útil” que incluye la costa, Damasco y Homs.

Estado Islámico también aprovechó este cansancio para acercarse a la capital rompiendo la cacareada normalidad damasquina con bombardeos y atentados. La intervención rusa ha dado un giro radical a esta situación permitiendo recuperar la iniciativa al ejército de Al-Assad en enclaves tan importantes como Alepo.

Rusia ha visto en la debilidad estadounidense a la hora de actuar con coherencia en el conflicto sirio en particular, y en la región en general, como una oportunidad para sacar músculo y marcar el paso internacionalmente por primera vez en mucho tiempo. Las dubitantes manifestaciones de los responsables estadounidenses y europeos durante los primeros días de la intervención han dado paso rápidamente a la aceptación de la iniciativa rusa.

El Kremlin defiende ahora su firmeza a la hora de apoyar a sus aliados en apuros ante el vaivén estadounidense que encadena un fracaso tras otro en sus cuestionados programas de apoyo a los rebeldes sirios.

El acercamiento de Irán con Occidente fruto del acuerdo nuclear creó cierta incertidumbre en Moscú. Especialmente porque tras décadas de alianza estratégica con Damasco estaba viendo como los oficiales iraníes no solo comandaban buena parte de las operaciones militares sino que cada vez tenían más peso político. El aterrizaje sobre el terreno y el cambio en el equilibrio de fuerzas que significa el apoyo de la aviación rusa ha hecho recuperar su influencia en las decisiones políticas en Damasco asegurándose que nada importante escapa a su control.

La ineficacia de la campaña internacional contra Estado Islámico ha facilitado la excusa a Moscú para sumarse a la guerra contra el terrorismo como cobertura para acudir al rescate de Damasco. La manoseada “guerra contra el terror” que hace unos años tenía en el centro de su diana a Irán ha servido para justificar las alianzas más incomprensibles. Ahora los congresistas estadounidenses se ven enredados en su propia retórica teniendo que discutir el grado de información que se debe compartir con Rusia en esta nueva situación.

Cambios sobre el terreno

Una vez cumplido el primer mes de ataques rusos se confirma lo era un secreto a voces, los ataques rusos contra Estado Islámico son puramente cosméticos ya que la inmensa mayoría de las incursiones han tenido como objetivo posiciones del Ejército Libre Sirio y otras facciones contrarias al régimen.

A pesar de que esta cuestión estaba descontada desde el principio no deja de sorprender la falta de descaro y la nula intención de guardar cierta apariencia en su supuesto compromiso de lucha contra Estado Islámico. En el mismo marco de suficiencia y muestra de fuerza ante el resto de potencias internacionales se podría enmarcar el innecesario bombardeo desde sus buques del mar Caspio atravesando Irán e Irak.

Bagdad no solo ha aceptado que aviones y misiles rusos atraviesen su espacio aéreo sino también la creación de un centro de operaciones en su capital para coordinar las acciones ruso-irano-iraquíes en la zona. La controversia creada ante esta intromisión en el avispero iraquí ha hecho que de momento se mantenga este centro con un perfil muy bajo pero el mensaje de las intenciones rusas de ampliar su influencia más allá de Siria ha quedado claro.

De momento, el éxito de la estrategia rusa es indiscutible. En un tiempo récord ha logrado que los principales actores en el conflicto acepten una serie de concesiones que implícitamente reconocen el liderazgo ruso en la actual etapa. A la ya mencionada aceptación de Rusia en el club de la guerra contra el terrorismo hay que sumar la aceptación de EEUU, Turquía, Arabia Saudí y el resto de la comunidad internacional de que Al-Assad tiene aún un papel que jugar, al menos, en la transición.

Soldados del régimen sirio celebran la toma de una población al sur de Alepo con la ayuda de la aviación rusa. (Imagen vía SANA/EPA)

Pero también hay un consenso general de que las instituciones militares y de seguridad del régimen sirio deben mantenerse como garantes de la estabilidad futura de Siria ante la presencia de Estado Islámico, la proliferación de grupos yihadistas, pero también de las milicias kurdas con aspiraciones independentistas.

Sin duda la concesión más significativa ha sido el cambio de postura de Washington sobre el papel de Irán. Tras cuatro años culpando a Teherán de gran parte de los males sirios catalogando a Irán como parte del problema y no de la solución se ha producido un giro de 180 grados. Entre los 17 países invitados a la reunión de Viena sobre Siria del fin de semana pasado estaba por primera vez a pesar de mantener su negativa a firmar el Comunicado de Ginebra de 2012 que se considera como la hoja de ruta occidental para solucionar el conflicto sirio.

Futuro incierto

De momento Rusia ha conseguido que el resto de la comunidad internacional marche al paso que ellos marcan pero la complejidad de la situación regional no debe llevar a engaño. Una vez las fuerzas de la oposición se adapten al nuevo elemento que significa la aviación rusa la situación puede volver a estancarse sumando a Rusia a la lista de los países enfangados en las arenas movedizas sirias.

El llamamiento de distintos grupos, no solo Estado Islámico, a reeditar la lucha de Afganistán contra los rusos está teniendo un importante poder de convocatoria. A los 2.500 integristas rusos que actualmente se cree están luchando en lo que se conoce popularmente como la “División Chechena” de Estado Islámico se están sumando nuevos adeptos cada día.

La descarada propuesta rusa de la reunión de Viena parte de la suposición de que la comunidad internacional puede imponer su voluntad a los sirios, pues entre los participantes de la reunión no había ningún representante sirio, ni de la oposición ni del régimen.

El malestar de ambos bandos es comprensible pero más si cabe en el de la oposición pues la recuperación parcial de Bashar al-Assad para el contexto internacional, escenificada con su visita a Putin el pasado 20 de octubre, le hace sentirse más confiado, si es que no ha acordado ya con el presidente ruso su posible salida.

Esta marginación de las fuerzas sirias puede generar una radicalización de las mismas o de sus combatientes optando por sumarse a Daesh. Hasta el momento la presencia de Estado Islámico ha tenido un balance claramente positivo tanto para el régimen de Damasco como Irán.

En el verano de 2013 recibieron un balón de oxígeno con el fortalecimiento de este grupo extremista y sus duros enfrentamiento con las fuerzas rebeldes, además de servirle ahora a Rusia como excusa para su intervención.

El problema puede llegar si el califato crece en demasía y se convierte en una amenaza real para la supervivencia del régimen. Si no consigue mantener el actual equilibrio, el reloj cuenta en contra de Rusia. Si el actual impulso que ha generado con su irrupción en el tablero sirio no termina de fructificar en una salida o en una partición de facto del país Moscú puede verse envuelta en un nuevo Afganistán.

 

 

 

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