Ubaid Ahmad Raguig

(…)

Libia no puede estabilizarse sin diálogo. Ante la situación de división pedimos y seguimos pidiendo un diálogo pero, lamentablemente, quienes hoy gobiernan no parecieron convencerse de que había que sentarse a hablar hasta el descalabro de Malta. Y cuando el caos llegó a su cénit y el descontrol de la seguridad fue in crescendo, la ONU se vio obligada a intervenir en pro de los intereses regionales e internacionales, y decidió patrocinar un diálogo cojo entre las partes en conflicto en el que participó la élite del poder del hecho consumado. De ese diálogo nació el acuerdo político que fue firmado bajo presiones internacionales en la ciudad marroquí de Sjirat (17/12/2015) pese a que no se había conseguido un acuerdo total de los bandos enfrentados de la Asamblea y de la Conferencia. Podemos decir que las prioridades de la necesidad fueron las que nos obligaron, sin darnos opción, a aceptar un gobierno de unidad “internacional”, que la realidad convirtió en la única salida del cuello de la botella, lo que naturalmente no quiere decir que estemos convencidos con los resultados de ese diálogo elitista de postal (…).

Si la ONU hubiera estado verdaderamente preocupada por los libios, no habría aceptado patrocinar ese diálogo cojo. La ONU debería haber hecho algo por salvar lo que queda de Libia (después de contribuir al gran colapso y a la grave falta de seguridad que afecta al país) apoyando un verdadero diálogo global en el que participaran todos los elementos y sectores del pueblo libio, al margen de tendencias políticas e ideológicas. Pero lamentablemente la ONU se sentó a contemplar la lucha entre las élites que representan a los bandos victoriosos, dando la bendición a la marginación premeditada que sufren sectores del pueblo libio que representan a la mayoría numérica absoluta de la población.

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