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El grafiti juega con las paredes

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Mazen al Sayed, escritor, periodista y rapero de Líbano

Bidayat, número 8-9

Creo que la primera vez que vi a Ali al Rafei pintando fue hace más de 17 años a la entrada de lo que hoy es un aparcamiento privado de choches en el edificio en el que nacimos y crecimos en Trípoli, en el norte de Líbano. En aquel entonces habíamos convertido esa entrada en una cancha de baloncesto con una canasta casera y un suelo de gravilla  y socavones donde no había ni una superficie lisa. Nos hicimos a la naturaleza de la cancha y a prever los rebotes de la pelota en los distintos ángulos de los desniveles, pero Ali se empeñó en pintar las líneas de tiro y los límites de la cancha de azul oscuro, sin medidas precisas, hacíamos lo que podíamos. Ese espacio de juego resumía dónde habíamos llegado, cómo se había reducido el espacio para jugar al futbol, el deporte favorito de nuestros hermanos mayores que habían jugado en descampados y aceras. Nuestra generación vio cómo esos grandes espacios vacíos se habían llenado con las grúas hacinadas del movimiento de la construcción y se había expulsado a los jugadores de las aceras bajo los gritos de los dueños de los locales comerciales renovados.

Ali Shezshe 14

Ese espacio de juegos fue nuestra primera lucha por nuestra parcela de espacio público contra algunos vecinos del edificio que tenían coches que querían proteger del polvo que levantábamos, y que no querían que les perturbase el placer de la siesta el jaleo que hacíamos y que atraía a chicos de la calle y de otros barrios. Comenzó a inquietarse quien velaba por la elegancia del edificio. Y hasta el del restaurante de enfrente nos achuchó un día a su perro, grande y negro, y Ali se subió a uno de los generadores de electricidad y yo me escondí detrás de una de las puertas de metal.

Pero no nos rendimos, sino que mejoramos las condiciones de juego: una canasta completamente circular, luego una pelota especial. Y más tarde nos expandimos y tuvimos un espacio de juego en la ciudad cubierto por un color ceniciento todas las estaciones del año. Color ceniciento, bajón, miedo. Y nos preguntábamos por las razones de esa ceniza porque desde que habíamos empezado a movernos más por la ciudad la notábamos más. Ocurría que escuchábamos por la noche el grito de una víctima torturada en el centro Mar Marún de los servicios secretos sirios (los aéreos, creo), que conocíamos a un chaval palestino que nos hablaba del campo de refugiados y de su drama, que un amigo nuestro de pelo largo tenía miedo de ir a determinado barrio de la ciudad. El juego se puso muy complicado y chocamos con muchas barreras que hicieron pesadas las espaldas de la ciudad y las nuestras también.

En ese tiempo Ali comenzó a hacer grafitis en las calles de la ciudad y yo comencé a descubrir el mundo de la escritura y de la música a través del rap sobre todo, y cada uno de nosotros se apoyó en sus tendencias interiores eligiendo sus armas en una lucha por el espacio público, por las mentes, las miradas, los oídos. Pero todavía no teníamos independencia y nos encontramos a nosotros mismos en laberintos académicos que no nos decían mucho por respeto a la familia y la sociedad. Pasamos muchos años intentando guardar de nosotros mismos, desarrollar nuestras armas en medio de esos compromisos diarios. Hasta que llegó el momento de volver a la esencia, a la acción pues si renunciábamos a ella nos convertíamos en exiliados de nosotros mismos.

Ali volvió después de más de diez años a desarrollar la pintura de la cancha de baloncesto, encontrando un estilo propio en la escritura árabe contemporánea o en los personajes que empezaba a esparcir por las paredes de la ciudad, centrado en una cultura amplia que se forjó el mismo en las artes visuales y que completó con un año académico cuando se le volvió a presentar la oportunidad.

Las revueltas árabes nos enviaron un mensaje contundente: que centenares de miles de árabes de nuestra generación querían, como nosotros, poseer parcelas de espacio público, protegerlas, desarrollarlas como ambicionaran. Sentimos una especia de pertenencia que no habíamos encontrado en las ideologías panarabista e islamista que probamos temprano y de cuyos grandilocuentes lemas huecos nos habíamos percatado. Una pertenencia que no muere con la recaída y la sacudida de esas revoluciones, porque es un precedente de esas revoluciones que ejerce su derecho frente al totalitarismo de los grupos, pared tras pared, ojo tras ojo, oído tras oído.

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