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Iraq: revolución, yihadismo o partición

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Pedro Rojo, arabista y presidente de la Fundación Al Fanar

 

La encrucijada en la que se haya Iraq hoy es producto de la radicalización de una ecuación de laboratorio que se impuso en 2003 por las potencias ocupantes. Una ecuación cimentada en un reparto aritmético pero irreal del poder basado en criterios sectarios y confesionales. Desde el primer gobierno interino hasta el último gabinete presidido por Nuri al Maliki todos han tenido el mismo formato de “unidad nacional”. Cada confesión religiosa o étnica (en caso de kurdos o turcomanos) tienen su representatividad en los gobiernos de acuerdo a su peso demográfico, siguiendo unos porcentajes aleatorios pues desde la caída de Bagdad los sucesivos gobiernos han sido incapaces de hacer un censo real. Este reparto de poder no solo hace baladíes los resultados electorales sino que se sustenta sobre un axioma falso que supone a todos los chiíes ideológicamente idénticos o a todo el pueblo kurdo homogéneo políticamente. Esta política ha sido administrada con unas brutales ansias de venganza y sectarismo por los supuestos representantes de la mayoría chií.

Otro de los supuestos falsos sobre los que se intentó apuntalar el proyecto de ocupación estadounidense fue que los iraquíes lo iban a recibir con los brazos abiertos. Los primeros signos de resistencia armada aparecieron apenas un mes después de la caída de Bagdad. Los responsables políticos estadounidenses achacaron los ataques a los últimos estertores del ejército iraquí recientemente desmantelado. Cuando aceptaron que una amplia parte de la población estaba luchando contra el ocupante ya habían perdido el control de buena parte del terreno. Como quiera que Paul Bremer, procónsul en Bagdad, había desmantelado el ejército y los aparatos de seguridad solo pudo recurrir a las milicias de los partidos que habían aceptado participar en su proceso político. De estas fuerzas paramilitares, las más importantes como las Brigadas Báder o el Ejército del Mehdi estaban vinculadas a movimientos controlados férreamente por Irán (el Consejo Supremo de la Revolución Islámica de Iraq el primero, y al clérigo Muqtada al Sáder  los segundos).

La presión de estas milicias y la contratación mayoritaria de chiíes para el nuevo ejército y otras fuerzas de seguridad (un millón de efectivos), apoyado por las directrices de las autoridades religiosas oficialistas como el ayatolá Ali Sistani fueron suficientes para controlar el sur del país, pero no las provincias del centro y norte, donde además de la resistencia armada iraquí Al Qaeda aprovechó el caos para introducirse en el país llegando a controlar algunos barrios de Bagdad. Ante el creciente número de bajas en sus filas, que algunos meses de 2006-7 superaban los 100 muertos, los estadounidenses optaron por comprar la colaboración de algunas tribus de estas provincias para expulsar a Al Qaeda de sus zonas. El paralelismo con lo que está ocurriendo actualmente en Mosul es palmario. Aprovechando el descontrol provocado por la lucha de la gente del país contra el ocupante Al Qaeda (ahora el Estado Islámico) se suma a la causa pero con unos objetivos propios que buscan más asentarse sobre el terreno que el enfrentamiento directo con el enemigo. La radicalidad con la que Al Qaeda gestionó las zonas bajo su control en 2005-2006 obligó estas tribus a aceptar la oferta de Estados Unidos de dejar de luchar contra ellos y expulsar a los extremistas de su territorio. Esto último fue una cuestión relativamente sencilla pues los milicianos tribales no solo conocen el terreno y sino también a sus gentes y sabían de antemano donde y quienes eran los componentes de Al Qaeda en Mesopotamia. La presencia de esta organización de los núcleos urbanos desapareció totalmente teniendo que refugiarse en las zonas desérticas.

 

Fuerzas en liza

Los contendientes del actual conflicto armado son básicamente los herederos de las facciones que generó la ocupación tras la caída de Bagdad.

Herederos de la ocupación. Aunque en un primer momento, Jay Garner, el gobernador militar estadounidense intentó mantener la parte profesional de las fuerzas de seguridad iraquíes, la llegada del neoconservador Paul Bremer al frente de la oficina de ocupación y reconstrucción cambió radicalmente los planes emitiendo las que se conoce como Orden nº1 y nº2  en mayo de 2003 ordenando la inmediata disolución no solo del partido Baaz sino también de los aparatos y fuerzas de seguridad del Estado. Las instituciones que las sustituyeron fueron construidas a imagen y semejanza del sistema político que defienden, es decir siguiendo la lógica del clientelismo sectario y no la de la profesionalización. La estrepitosa desbandada de la mayoría de los acuartelamientos y fuerzas del ejército iraquí desde Mosul a Bagdad ante el empuje de los combatientes de la revolución y los miembros del Estado Islámico certifican lo que era un secreto a voces en Iraq, que llegado el momento decisivo estas fuerzas no serían eficaces a pesar de los miles de millones de dólares gastados en  armamento y entrenamiento por Estados Unidos. Son las milicias vinculadas a Irán muchas de las cuales estaban luchando en Siria y las fuerzas especiales prácticamente los únicos componentes de las fuerzas de seguridad que defienden las bases militares y la ciudad de Bagdad donde se ha atrincherado el gobierno de Maliki. Además de sus milicias Irán ha enviado tropas y aviones para bombardear indiscriminadamente ciudades en control de los rebeldes. Públicamente Estados Unidos también respalda al gobierno de Nuri al Maliki y su supuesta lucha contra el terrorismo (mismo argumento que usa Bashar al Asad en Siria) pero su apoyo concreto no ha pasado de misiles helfire y aviones no tripulados de gama baja. La dubitativa actitud de la administración Obama a la hora de entregar el armamento comprometido con Bagdad, como los cazas F-16, es el destino final que pueden tener dichos aparatos, ya sea porque terminen combatiendo en Siria del lado de su aliado Al Asad o porque caigan en manos de los rebeldes o del Estado Islámico como ocurre con el armamento estadounidense que cae en manos de los rebeldes cada vez que cae una plaza.

 

Herederos de la resistencia. Cuando las tropas ocupantes abandonaron oficialmente Iraq el 31 diciembre de 2011 los grupos de la resistencia armada se replegaron manteniendo su actividad en los bombardeos sobre las bases que han mantenido los estadounidenses en territorio iraquí. Pero la salida del ocupante estadounidense aceleró la política autoritaria y sectaria de Nuri al Maliki. La corrupción y la falta de atención a los servicios más básicos de su población habían provocado ya en 2009 y 2011 manifestaciones en todo el país. En diciembre de 2012 se reaviva la protesta de forma especialmente numerosa en las seis provincias al norte y oeste de Bagdad de mayoría suní donde se ocuparon pacíficamente plazas públicas en ciudades como Ramadi, Samarra o Faluya, siguiendo la estela de los levantamientos populares de Túnez o de la plaza Tahrir de El Cairo. La represión a sangre y fuego de las fuerzas de Maliki  de estas ocupaciones pacíficas (como la matanza de Hawiya en abril de 2013 donde murieron más de 80 acampados desarmados cuando el ejército desmanteló el campamento de las protestas) se convirtieron en un enfrentamiento armado cuando las tribus apoyadas por los grupos de la resistencia tomaron las armas en diciembre de 2013 para defender a los manifestantes. En enero de 2014 los rebeldes expulsan a las fuerzas de seguridad de la ciudad de Faluya que pasa a estar controlada por las tribus locales, así como buena parte de Ramadi. Rápidamente la retórica del gobierno en Bagdad se pone en marcha y se asegura que quien controla Faluya son los yihadistas del Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL), cuya presencia real se circunscribe a algunas patrullas en el barrio industrial de la ciudad. Durante los seis meses que separan la caída de Faluya de la de Mosul el ejército bombardeó sistemáticamente la ciudad e intentó al menos en cuatro ocasiones retomar el control sin lograrlo en ningún momento, en un claro ejemplo de las limitadísimas posibilidades del ejército iraquí. Antiguas facciones de la resistencia, jóvenes de la revolución y miembros de las tribus locales hartos de la represión, corrupción y marginación de los sucesivos gobiernos de Maliki se han aglutinado en torno a los Consejos Militares de los Revolucionarios para exigir la caída del régimen y la fundación de un verdadero estado democrático, alejado del sectarismo y de los radicales de todo signo. Estos rebeldes no solo han rechazado la instauración del califato, sino que sufren su represión y persecución.

 

Herederos de Al Qaeda. La proclamación del califato, o Estado Islámico (EI) por los seguidores de Abu Baqr al Bagdadi ha sido una demostración más de sus delirios de grandeza islámica. La realidad sobre el terreno transcurrido un mes es mucho menos grandilocuente de lo que se desprendía del sermón en la Gran Mezquita de Mosul del viernes 4 de julio. Si bien es cierto que es la primera vez que se proclama un califato como tal, no es el primer estado islámico que se ha intentado instaurar por la fuerza en Iraq, ya que el 13 de octubre de 2006, tres meses después de la muerte del líder de Al Qaeda en Iraq, Abu Musaab al Zarqawi, sus sucesores anunciaron la creación del Estado Islámico de Iraq (EII). “Estado” fantasma cuya dirección heredaría el propio Bagdadi en 2010. La proclamación del EII coincidió con el momento álgido de Al Qaeda de Mesopotamia, pero que no iba más allá del control de algunas zonas muy limitadas en Mosul o Al Dora y Addamiya en Bagdad. La ruptura definitiva entre Al Qaeda y la sociedad iraquí moderada donde se intentó camuflar la organización terrorista desde su llegada a Iraq en 2003 se produjo cuando intentaron imponer su radical visión del islam a la vida diaria de los iraquíes. Fruto de esta asfixia se crearon los Consejos del Despertar (2006-2008). Estas milicias armadas formadas por miembros de las tribus locales con apoyo logístico y financiero estadounidense expulsaron rápidamente a los pequeños grupos de extremistas de las ciudades en las que tenían presencia. Al Qaeda de Mesopotamia se tuvo que replegar con su Estado Islámico a la zona desértica de Al Anbar colindante con Siria. Esta región conocida como Al Yazira fue su base para mantener sus actividades de contrabando y extorsión y desde donde lanzaban sus operaciones terroristas. El hecho de que en la ciudad de Mosul no se creara ningún consejo del despertar propició que la presencia de Al Qaeda fuera intermitente, básicamente en forma de incursiones nocturnas para exigir el pago de “impuestos” a comerciantes y funcionarios de la ciudad. El hecho de que no fuesen totalmente expulsados de Mosul explica, entre otros factores, por qué se han centrado en controlar esta ciudad desde que cayó el pasado junio.

La posibilidad de ampliar sus actividades a Siria tras el comienzo de la revolución en 2011 significó un balón de oxígeno para la organización de Al Bagdadi. En Siria creció gracias a su experiencia militar forjada en años de combates en Iraq y sus fuentes propias de financiación, en contraposición de otros grupos como el Ejército Libre Sirio u otros grupos islamistas dependientes de la financiación exterior o sin suficiente experiencia militar para ser efectivos contra el ejército de Al Asad. La presión occidental y las barbaridades que imponía el Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL) en sus territorios obligaron a los grupos rebeldes sirios a combatirlos (siguiendo el modelo de los Consejos del Despertar iraquíes), pero se infravaloró la capacidad del EIIL o se confió en exceso en las promesas de armas de calidad que prometió Washington para luchar contra esta formación terrorista. Seis meses después, coincidiendo con la caída de Mosul, los revolucionarios sirios y el Frente al Nusra deciden retirarse de la provincia de Der el Zohr y entregársela al EIIL ante la incapacidad de mantener al mismo tiempo el frente abierto contra el régimen de Al Asad y contra las huestes de Al Bagdadi, que se garantizan una continuidad geográfica con su zona de influencia en Iraq.

Al igual que en Siria Al Bagdadi se ha sumado en Iraq a la revolución que se ha levantado contra el régimen central pero no para derrocarlo sino para instrumentalizar la lucha para lograr sus propios objetivos. La participación de sus tropas en la caída de Mosul el 9 de junio fue un elemento determinante pero a partir de ese momento se evidenciaron las divergencias estratégicas respecto a los grupos aglutinados en torno a los Consejos Militares de la Revolución. Mientras Al Bagdadi se centraba en controlar y administrar las ciudades que pudo controlar, sobre todo Mósul, los rebeldes marcharon rápidamente hacia el sur dejando la administración de las ciudades que iban liberando en manos de las tribus locales.

A pesar de la proclamación del califato a bombo y platillo la realidad es que más allá de Mosul y Tal Afar la presencia del EI en ciudades importantes como Tikrit, Ramadi o Faluya si bien es real es minoritaria y actúan de forma independiente de las fuerzas revolucionarias que marchan hacia Bagdad.

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Una diferencia importante, fundamental para entender las diferencias entre el EI y los revolucionarios, es la naturaleza y objetivos de sus combatientes. Mientras los rebeldes son individuos del lugar con aspiraciones de cambiar el régimen que gobierna su país, los combatientes del EI luchan buscando el martirio y acceder de esta forma al Paraíso. Esta diferencia hace que se les hayan apodado los nuevos hashashín (en referencia al grupo de asesinos selectos nizaríes de los siglos X-XIII que se hicieron fuertes en Alamut) pues son temerarios hasta el suicidio lo que les da la ventaja a la hora de saquear las nuevas plazas conquistadas, ya sean bases militares, bancos o pozos de petróleo que controlan para beneficio propio. La política de los rebeldes iraquíes de no enfrentamiento con el EI ha permitido a estos últimos hacerse con Mosul, pero al mismo tiempo ha posibilitado a los combatientes iraquíes concentrarse en su objetivo principal: la caída de Bagdad. Al contrario que el EI, cuyos intereses se centran en las bases militares y plazas fuertes del ejército de Maliki como Speicher en Tikrit, Balad en Duluiya, la sede del Gobierno Provincial en Ramadi, etc. Su participación en la batalla de Bagdad que está teniendo lugar en estos momentos es mínima pues sabe que no tienen capacidad ni apoyo popular para controlar la capital.

Y es que el llamamiento del califa Rolex (como se le conoce popularmente en Iraq a Abu Baker al Bagdaddi por el reloj que mostró durante su sermón en Mosul) a que los musulmanes del mundo emigrasen a su califato ha tenido poco éxito, en la mejor de las estimaciones estaríamos hablando de varios cientos de nuevos combatientes. La otra posible fuente de reclutamiento, los combatientes locales, la ha quemado con su forma de administrar los asuntos locales enfocada más a mantener la atención de los medios internacionales en torno a sus barbaridades: ejecuciones sumarias, emigración forzosa de cristianos, destrucción de iglesias y mezquitas, imposición del velo integral, etc.). Al rechazo inicial al califato de las fuerzas revolucionarias nacionalistas como islámicas moderadas se ha sumado ahora el de la población civil que en un principio aceptó su presencia como parte de las facciones que les liberaron de las arbitrariedades y la opresión de las fuerzas de Maliki. Incluso tribus y grupos armados que rindieron pleitesía al califa Ibrahim se están retractando y buscando protección en los consejos militares de la revolución.

La huída hacia adelante del EI necesita de una llegada masiva de combatientes internacionales para poder mantener su presencia a través de la opresión militar a la población de las zonas que controlan, pues es cuestión de tiempo que los grupos armados que luchan contra las fuerzas de Maliki terminen combatiéndoles y expulsándoles de sus ciudades como hicieron los consejos del despertar en 2006-2008.

 

Escenarios de futuro

 

Caos a la siria. La estrategia de cara al exterior del primer ministro iraquí Nuri al Maliki se basa en intentar convencer a Occidente de que lo que sucede en Iraq se enmarca en la “Guerra contra el terrorismo” desatada tras el 11-S. A nivel interno lo que vende es una exacerbación de su discurso sectario basado en la propagación del miedo y la venganza hacia los suníes apuntalada en asesinatos sectarios como han denunciado organizaciones como HRW. Su mejor aliado para que esta estrategia, tanto interna como externa, es el Estado Islámico su retórica contra los chiíes y las barbaridades que comete. Pero para ello tiene que obviar el componente mayoritario del levantamiento que se ha producido y que pide precisamente un Iraq realmente democrático y no sectario. La imposición por parte del Estado Islámico de su visión rigorista del islam en los territorios que controla más el acoso que está llevando a cabo contra miembros de las fuerzas opositoras recuerda claramente la situación del 2006 cuando esta presión se hizo insoportable para las tribus locales y parte de ellas decidieron dejar de combatir la ocupación estadounidense y concentrarse en expulsar a los miembros de Al Qaeda a través de los mencionados consejos del despertar o sahawat. La posición oficial de los Consejos Militares de la Revolución, tribus y de los grupos políticos que la apoyan como el Partido Baaz mantienen que ni tienen relación con el EI ni lo van a combatir hasta que no caiga Bagdad. Pero en entrevistas personales realizadas con estos mismos representantes en Erbil en julio de 2014 reconocían su preocupación porque la situación de la población se haga insostenible si la lucha se prolonga. Maliki intentó resucitar la idea de los Consejos del Despertar al principio de la revolución con la excusa de luchar contra el terrorismo pero la mayoría de líderes tribales que formaron parte del primer proyecto se negaron. A medida que la presión del Estado Islámico vaya aumentando y si la caída de Bagdad no se convierte en una posibilidad real puede que las ofertas que el gobierno iraquí está lanzando a líderes tribales como Ali Hatem o Ahmed Dabbash terminen por fructificar y parte de la revolución deje de acosar al régimen para combatir al Estado Islámico, en lo que sería una repetición del escenario sirio cuyo mayor beneficiado sería el régimen de Maliki que conseguiría, al igual que le ha ocurrido al del Asad, mantenerse en el poder aunque sea a costa de más muertos.

Partición. Una de las salidas que se menciona regularmente cuando la situación en Iraq empeora es el fantasma de la división del país en tres estados: Kurdistán en el norte; la zona suní que abarcaría Kirkuk, Saladino, Diala, Al Anbar y Nínive; y el sur chií incluyendo Bagdad. Desde la llegada al poder en 2003 los partidos sectarios proiraníes han llevado a cabo una política de limpieza étnica de la capital para “chiizarla” que se ha recrudecido desde principio de año por si llega el momento de la partición no se discuta que Bagdad debe pertenecer a la parte chií. Los detalles son mucho más complicados pues Iraq es un mosaico de etnias y confesiones que no responden a dictados geográficos de los políticos. Las zonas en conflicto entre kurdos y el resto de Iraq se han resuelto de momento a favor de los primeros pues han aprovechado el colapso del ejército iraquí para hacerse con Kirkuk y otras ciudades en disputa. El presidente kurdo, Masuud Barzani, ha aprovechado también para hacer un llamamiento a que se celebre un referéndum de autodeterminación en sus territorios, que ya son de facto casi un estado independiente. Está por ver si los kurdos iraquíes fuerzan una declaración de independencia unilateral a pesar de la oposición de la comunidad internacional o siguen apostando por la vía del pragmatismo actual de una independencia de facto aunque no formal. A pesar de que en la zona de mayoría suní los políticos que vienen participando en el proceso político aceptarían la partición con tal de mantener su cuota de poder no parece que la revolución que hay en marcha vaya a aceptar esta solución. En la parte chií también hay voces discordantes con el lenguaje sectario de Maliki, como la del clérigo de Kerbala Al Sarji, incluso los comunicados del ayatolá Ali Sistani son más conciliadores y unitarios de lo que los medios políticos iraquíes han difundido. La llamada a crear nuevas milicias para defender los lugares santos chiíes de las huestes de Al Bagdadi ha tenido una respuesta más simbólica que práctica, ni parece creíble que el ejército que no se ha podido crear en más de diez años de ocupación vaya a crearse en unos días. Solo si la exacerbación de los sentimientos sectarios y las matanzas de carácter confesional en uno y otro lado convierten el actual conflicto político en una guerra sectaria podría llegar a darse la partición formal de Iraq.

Solución política. Iraq lleva once años gobernado por el proyecto estadounidense impuesto gracias a la ocupación militar del país. La situación de caos, violencia y corrupción que vive el país hace indiscutible calificar de fracaso el proyecto estadounidense para Iraq y por lo tanto el país debe buscar una alternativa. Alternativa que llevan años proponiendo las fuerzas políticas que se oponen desde su inicio a la ocupación y a su proceso político. El empecinamiento de Occidente en respaldar un proceso que poco tiene de democrático y de defensa de las libertades como prometió el presidente George Bush a los iraquíes les ha impedido aceptar opciones mejores no solo para los iraquíes sino también para la comunidad internacional. Opciones como la malograda Conferencia Internacional de la Resistencia Política Iraquí que tenía que haberse celebrado en Gijón en junio de 2010 pero que tuvo que ser cancelada en el último momento por la presión del entonces ministro de Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, que rectificó el visto bueno de su ministerio ante la presión del gobierno de Nuri al Maliki. El comunicado final que se iba a aprobar en esa conferencia abogaba por “La defensa del pluripartidismo y la alternancia pacífica del ejercicio del poder a través de las urnas (…) Los ciudadanos iraquíes son todos iguales ante la ley con independencia de su religión, lengua o sexo. (…) El rechazo de todas las formas de terrorismo” (el texto completo está disponible en el libro La hora de Iraq, Icaria Ed.). Cuatro años después parece que la miopía occidental empieza a corregirse aunque seguramente sin la determinación y urgencia que requiere la situación. Auspiciada por la corona jordana, siguiendo una insistente sugerencia estadounidense, se ha celebrado en Ammán los días 15 y 16 de junio la Conferencia  Preliminar de la Revolución Iraquí donde más de 150 líderes políticos, pero también militares, del actual levantamiento pidieron a la comunidad internacional que deje de apoyar el actual régimen político en Iraq, que reconozca que lo que está sucediendo allí es una revolución y en cuyo comunicado final se defiende “Trabajar para convocar un encuentro nacional general que reúna a todos los iraquíes de todos los componentes étnicos y religiosos para debatir un nuevo futuro para Iraq”. Aquí están las bases para la solución menos dolorosa y estable para los iraquíes, la refundación del actual proceso político transformándolo en uno verdaderamente democrático y no sectario. Un gobierno estable en el que se reconozcan todos los iraquíes que signifique el final de la injerencia extranjera facilitará la expulsión de Iraq de los combatientes del Estado Islámico y otras milicias y grupos terroristas. Los actores en los que se tiene que basar esta solución están claramente delimitados, pero solo necesitan reconocimiento internacional aunque ello obligue a Estados Unidos a aceptar públicamente que su proyecto para Iraq ha fracasado.

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